La Estepa Patagónica

Otro tiempo y otro espacio.

Todos soñamos con extender esos momentos de plenitud con los que a veces nos sorprende la vida. Esos minutos de intensidad que no tienen duración real porque nos sumergen en otra dimensión.

A veces no decimos: “me acuerdo como si fuera hoy de aquel día”…

Me acuerdo como si fuera hoy de aquel día de febrero en la estepa patagónica.

Son las cinco de la tarde, a mi mamá le gusta ir a caminar al medio del campo, así es que nos sube a la camioneta, carga el termo y el mate. Nos pone las botas altas para que no nos llenemos de abrojos, me encapricho en llevar la campera nueva color turquesa de cuerina y partimos entre amenazas y sermones.

El ruido del viento es fuerte y dominante, estamos en la zona del Lago Roca. Mi hermano y yo nos divertimos jugando a ver quién come más calafates al mismo tiempo. Él siempre me gana cuando jugamos carreras así es que quiero ganar este desafío a como dé lugar. Mamá nuevamente nos llama la atención con el juego, el calafate mancha la ropa y no sale. Mi hermano y yo nos miramos y nos reímos mucho porque tenemos los cachetes inflamados de calafates ¡Nos reímos tanto! Yo me empiezo a ahogar con las semillas de la fruta. Una bocanada de viento me sacude la boca, el pelo, el cuerpo. Pierdo el equilibrio y me caigo sobre la mata de calafate, sus pinches y sus frutos. Mi campera nueva color turquesa de cuerina ahora tiene manchitas violetas que nunca van a salir. Mis manos chiquitas tienen puntitos de sangre. Mi cachete izquierdo tiene tres zurcos colorados. Yo lloro, mi mamá me limpia las heridas con el agua del termo y mi hermano me dice que yo gané.

Nos quedamos sentados en el suelo, atrás de la mata, para refugiarnos del viento mientras mamá se toma los últimos mates. Mi hermano empieza a jugar con una planta que estaba entre medio de nosotros dos, me da una hoja y me dice: “¿A ver quién la rompe más rápido?” Empiezo a frotarla con las dos manos y comienzo a sentir el perfume intenso de esa planta de color verde.

Ese día de febrero, atrás de una mata con las manos lastimadas, fue completamente inolvidable.

Ahora cada vez que huelo el perfume de la paramela, entro en esa dimensión de “otro tiempo y otro espacio que guardo con una sonrisa”